Manuel Carrasco inaugura el primero de sus cuatro conciertos históricos en la ciudad arropado por Vanesa Martín, Pastora Soler y Chambao
La impaciencia se sentía en el pecho mucho antes de que se apagasen las luces. A las 22:05 de la noche, el recinto entero ya era una sola voz: olas humanas, palmas al compás y un eco de cariño que llamaba a gritos a Manuel Carrasco. Había ganas de llorar de alegría, de cantar hasta quedarse sin voz. Y es que esta noche no era una más; era el esperado pistoletazo de salida a un sueño de cuatro noches seguidas.
El primer asalto de un idilio histórico entre Sevilla y un Manuel Carrasco que, junto a una banda brillante y entregada, salió del primer acorde a honrar a su Huelva del alma y a pasear el orgullo de Andalucía entera por el firmamento. El hechizo comenzó en absoluto silencio, con un bellísimo espectáculo de acrobacias de telas que dejó al público sin aliento. Fue el preludio perfecto. Nada más terminar la danza aérea, el escenario rugió y apareció Manuel Carrasco junto a una banda brillante y entregada.
La fuerza de Tambores de guerra y la garra de Aprieta encendieron los corazones de inmediato. Pero el primer nudo en la garganta de verdad llegó con Que nadie, donde un coro góspel unió sus voces a la de Manuel para elevar el tema directo al cielo, erizando la piel de miles de fieles allí reunidos.
Con los ojos brillantes y visiblemente conmovido ante el viaje que acababa de empezar, Manuel no perdía oportunidad para agradecer y para mirar a la multitud. Con una humildad que desarma, dio las gracias a quienes le siguen desde que tocaba en salas de conciertos diminutas y plazas de pueblo.
«Por eso, aun volando, con los pies en el suelo me verán», confesó con la voz rota, demostrando que aquel niño de Huelva sigue intacto en su pecho.
Amigos del alma y recuerdos que pellizcan el corazón
El escenario se convirtió en un punto de encuentro de puro talento y sentimiento de nuestra tierra gracias a unas invitadas de lujo. La gran Pastora Soler apareció como un torbellino de emoción para regalarnos una versión sobrecogedora de Pequeña sonrisa sonora, derrochando una potencia vocal que encogió los corazones.
Más tarde, La Mari de Chambao aportó su duende único en Mujer de las mil batallas, convirtiendo el tema en un abrazo colectivo lleno de esperanza y superación.
Sin embargo, el momento más mágico y nostálgico de la velada llegó cuando Vanesa Martín cruzó el escenario. Juntos interpretaron La voz de dentro, la mismísima canción que compartieron en 2016 en el primer concierto de estadio de Manuel. Conmemorar aquel hito años después con las mismas miradas de complicidad y el mismo cariño conmovió a un público que rompió a llorar y a aplaudir a rabiar ante tanta belleza.
La desconexión del mundo: cuando el flamenco toma el control
Aunque el cielo se iluminó con un precioso espectáculo de drones que captó la sorpresa de todo su público, la verdadera magia ocurrió cuando todo lo artificial se apagó. Las pantallas proyectaron imágenes llenas de nostalgia que repasaban las giras de su vida, dando paso a la intimidad más pura.
Ya no hacían falta grandes orquestas ni adornos. Acompañado por el duende de una bailaora al son de su canción El grito del niño, Manuel se sentó a solas, únicamente arropado por su guitarra. En ese instante, evocando la calidez de los días de «otoño, octubre», brotó el flamenco más hondo. Fue un regalo acústico que supo a Huelva, a compás de Cai, a noche de verano andaluza. Un suspiro eterno que acarició el alma de todos los presentes.
Una fiesta que cura el alma
A partir de ahí, el concierto se transformó en una fiesta de las que curan el alma. Era imposible quedarse sentado ante el torrente de energía de Yo quiero vivir o Hasta por la mañana. El tramo final fue una bendita locura colectiva donde sonaron himnos que ya forman parte de la banda sonora de muchas vidas: En el bar de los pesares, Siendo uno mismo y esa declaración de amor absoluto que es Qué bonito es querer.
Tras dos horas y cuarenta minutos de entrega absoluta, el broche de oro llegó con A la sombra de una higuera, mientras el cielo se teñía con fuegos artificiales y luces de todos los colores. Manuel Carrasco se despidió con el corazón en la mano, dejando el listón en las estrellas. Este «Viento Salvaje» solo acaba de empezar a soplar, pero qué manera tan bonita de empezar a hacer historia.